Madre sabia
Publicado en Cuentos
Cortos de América. Ed.
César Sauan y Autores de América. Bogotá. Colombia.
2014.
Mido
más de un metro ochenta, peso noventa kilos y quiero ser mecido por
mamá. Lo hemos intentado varias veces y nos caímos al suelo. Sé que
todas las mañanas ella se levanta temprano y hace unos ejercicios
para obtener la tonicidad muscular que le permita sostenerme. A su
vez, yo estuve pensando en algún mecanismo que también lo
permitiera. Los dos confluimos en la misma idea. Ella por voluntad
de madre, yo por un misterioso sentimiento de abandono. Mamá, con
sus ochenta es frágil aún, pero piensa que el amor lo puede todo.
Quizás esté equivocada.
Hoy
colgué una hamaca paraguaya en mi cuarto: va desde el poster de
Madonna, al lado del crucifijo, hasta el dintel de la ventana. Está
un poco alta, es cierto. Para subirme, salto desde la cama y
quedo apenas colgado con desde el pecho, luego trepo con las piernas
hasta acomodarme y termino encapsulado como una salchicha de Viena.
Siento que al mecerse la hamaca, floto. Es demasiado etéreo, faltan
los brazos de mi madre, que seguro están fregando platos o
planchando la ropa que se arruga al lavarla.
La
llamo, ella viene secándose los brazos en el delantal.
Ahora
no sabe qué hacer, dice que estoy muy alto. Le sugiero que se suba a
una silla, no puede ser tan limitada, tenemos escalera en casa y ni
lo piensa. También podría pararse sobre la cama, levantar los brazos
y sostenerme con las manos por la espalda, como si levantara un
trofeo. Pero tal vez sepa, o comprenda, que en realidad me sostienen
los fríos ganchos de la hamaca, que al moverse crujen lamentándose.
Tal vez sepa también que de ese modo los esfuerzos por mecerme son
de otros y no quiera hacer nada, salvo quedarse mirándome como si yo
fuera un perfecto idiota que ni siquiera sabe engañarse a sí mismo.
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